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Luisina Gonzalez

Soy Luisina y tengo 40 años.

Hacía unos meses que me sentía completamente agotada. Eran finales del año 2017. Fiel a mi negación con todo lo que tiene que ver con mi salud, busqué excusas de todo tipo para no hacerme cargo.

En unos análisis de fines de enero del 2018 me di cuenta que estaba MUY anémica y me sugirieron no volver a trabajar en febrero hasta recuperar un poco los valores. Por supuesto, hice lo que quise, y en febrero estaba en la escuela.

A la semana me di cuenta que no podía estar parada en el aula, y un día (EL día) crucé la calle y se movió el piso. Sin poder ignorar eso, fui a la guardia. Quedé internada y allí empezaron las transfusiones. Casi no tenía oxígeno en la sangre.

Ahí empezó todo. Estudios, estar aislada porque estaba neutropénica, llantos porque no sabía lo que tenía, punción de médula, ansiedad y miedo. Mucho miedo.

Los meses que siguieron fueron difíciles, tanto que no puedo contarlo sin llorar. La sensación constante era no querer morirme. Miraba a mi familia y casi les rogaba “quiero seguir viviendo”. Me sostuvieron mi mamá, mi papá, mi hermana y mi pareja bien de cerquita, con abrazos, poniendo una fuerza que hasta el día de hoy no tengo idea de dónde sacaron.

Llegamos a FUNDALEU pidiendo una interconsulta. La médica que me atendía hasta el momento estaba casi segura que tendría que hacerme un trasplante de médula. Pensar en hacer quimio me destruyó, en realidad era la incertidumbre de no saber si aún con eso iba a mejorar.

FUNDALEU envió a hacer nuevas pruebas. En el diagnóstico solo pude leer la palabra LEUCEMIA y todo lo que vino después fue un mar de llanto.

Me atendió la Dra. Luciana un ser humano al que le debemos, mi familia y yo, TODO. No solo por el amor, por la contención y por su tranquilidad para comunicar cada paso, sino por la posibilidad de haberme atendido por acción social, porque en ese momento no contaba con prepaga para poder atenderme allí.

El 15 de mayo de 2018 (unos días antes de cumplir 35) recibimos el diagnóstico completo: tenía Leucemia de Linfocitos Grandes Granulares. Yo solo repetía “no me quiero morir”. Sin embargo, de todos los escenarios posibles, fue el más optimista: no necesitaba quimio, no necesitaba trasplante. Había que empezar a tomar una medicación y esperar a que haga efecto.

Ya había pasado por otras medicaciones de prueba, unas inyecciones que me daba en la panza todos los días para ver si la médula activaba, pero no. Seguían las transfusiones.

Unos 4 meses más tarde, la medicación comienza a hacer efecto y por fin, en mucho tiempo, mis valores se parecían bastante a lo “normal”.

La primera vez que me fui del control sin tener que internarme para ser transfundida, lo festejé como la final del mundo, en un abrazo infinito con mis viejos.

Más de 5 años después, me animo a escribir un poco de mi historia. Porque creo que contar es también parte de sanar. Me animé mucho tiempo después, luego de leer todos los testimonios y creer que el mío era menos importante por ser una enfermedad crónica. Pero me animé para agradecer con mi vida a FUNDALEU, a la Dra. Luciana y a todo el equipo. Me animé porque acá estoy, viva. Y se lo debo a ellos y a la gente que hizo lo imposible para estar al tanto, aguantó mi silencio, y jamás me soltó la mano.

Gracias por hacer que hoy tenga una vida normal. Por hacer que siga adelante a pesar de saber que tengo una enfermedad que NO SE VÉ y no se cura.

El apoyo psicológico también fue y es fundamental.

Gracias siempre por la posibilidad de seguir viviendo.

 

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